Conocerse: comprender las egoemociones

Artículo en Sin categoría, ULTIMOS ARTICULOS por publicado el 12 marzo, 2016 0 Comentarios

¿Podrías mencionar alguno de esos egoemociones?

Además de conocer en que etapa estas de la vanidad, el orgullo y la soberbia (ver artículo Ley del Amor, etapas y bloqueos), trataremos sobre todo los que son más complejos y confusos de comprender, como el apego.  Estos son los más importantes:

a) Avaricia, codicia, odio, agresividad, envidia b) Apego, absorbencia, celos, ira, rencor, culpabilidad, miedo, tristeza estancada.

No son pecados, sino manifestaciones del egoísmo, aunque cierto es que si uno se deja arrastrar por ellos puede llegar a cometer gran cantidad de actos contra el amor.

Avaricia- ApegoLa avaricia espiritual es el apego, o dificultad para compartir el cariño de las personas que son consideradas incorrectamente como propiedad de uno, por ejemplo la pareja, etc. El que sufre de apego sólo quiere querer a unos pocos y suele exigir que los demás hagan lo mismo. Hay mucha gente que equivocadamente cree que ama, y dice que sufre mucho porque ama mucho, cuando en realidad lo que le ocurre es que sufre de apego y por apego. Sólo cuando el espíritu avanza comienza a reconocer la diferencia entre amor y apego.

Cuando uno ama procura respetar el libre albedrío de la persona querida y el suyo propio. Intenta hacer lo posible para que la persona querida sea libre y feliz, aunque ello implique renunciar a estar con esa persona. En el caso del apego, la persona que lo padece está pensando más en satisfacer su propio egoísmo que en el bienestar de la persona querida. Por ello tiene tendencia a vulnerar el libre albedrío de la persona a la que supuestamente quiere, reteniéndola a su lado o coaccionándola para que haga lo que uno quiere. Aquel que ama de verdad no es posesivo con la persona amada, ni se molesta porque la persona amada quiera también a otras personas. El amor verdadero, el amor auténtico, no se gasta. Por querer cada vez a más personas no significa que se quiera menos al resto. Pero el apego nos hace creer que sí. Que lo que se le da a los demás se nos quita a nosotros. El que siente apego exige, obliga y fuerza los sentimientos. Siempre espera algo a cambio de lo que hace. Está muy pendiente de exigir, de recibir y sólo da por interés, a condición de que se le dé primero lo que ha pedido. También por apego uno puede vulnerar su propio libre albedrío y obligarse a hacer cosas que no siente. El que siente auténtico amor da incondicionalmente y deja libertad a los sentimientos. No obliga, ni fuerza, ni exige nada a cambio de la persona a la que ama.

Hay apego en la madre que retiene a los hijos a su lado cuando estos ya son mayores, no respetando que ellos quieran vivir su vida de forma independiente y, de no conseguirlo, se sentirá emocionalmente herida y llegará a decir incluso que sus hijos no la quieren, intentando hacerlos sentir culpables para tratar de retenerlos a su lado. Este falso amor, el apego, es como una cadena que aprisiona al ser objeto del apego, convirtiendo en carcelero al que se deja llevar por él, como la persona que tenía enjaulados a los pájaros, el que sufre de apego, ni vive ni deja vivir.

Uno de los obstáculos que va a tener alguien que quiere empezar a cambiar, a reunirse con otras personas para hablar del interior, es que su entorno no lo va a entender y van a jugar con el sentimiento de culpa por no atender las obligaciones familiares… Fijaos y veréis que cuando una persona quiere ir a ver un partido de fútbol a la semana, que dura dos horas, que encima cuesta dinero, o bien a una discoteca o un bar, la persona no siente que abandona a la familia. Sin embargo, si la misma persona se va a hablar dos horas a la semana sobre el interior, para ayudarse sí misma o a los demás, entonces le ponen mil y una pegas, y uno se siente culpable, al creer que abandona a la familia, pareja… Esto es por culpa del apego, es decir, de la dificultad en compartir. El apego no es amor y, si no vencéis este obstáculo, os quedaréis estancados.

La culpa es una egoemoción que procede de la lucha entre el espíritu y la mente, entre lo que se siente y lo que se piensa, cuando sentimiento y pensamiento entran en conflicto. En esto último, lo que se piensa, influye toda la educación recibida, incluidos los arquetipos y condicionamientos sociales, y el pensamiento egoísta. Uno se puede sentir culpable si actúa por lo que piensa, en contra de lo que siente. Muchas veces esto implica actuar por egoísmo en contra del amor. Por ejemplo, puede despertarse la culpa cuando debido a una actuación egoísta promovida desde el pensamiento, el espíritu, a través de la conciencia, detecta que no es adecuada desde el punto de vista espiritual. El espíritu a través del sentimiento “censura” a la mente, al pensamiento. Pero también sucede lo contrario. Se puede sentir uno culpable por sentir lo que siente, y por dejarse llevar por el sentimiento, en vez de por el pensamiento. Entonces es la mente la que censura al espíritu, el pensamiento el que censura al sentimiento. Ocurre cuando prejuicios y condicionamientos mentales son muy fuertes, haciéndonos creer que determinados sentimientos están mal o son incorrectos. Este tipo de culpa obstaculiza el progreso espiritual, el desarrollo del sentimiento.

Imaginad que a una persona se le despierta un sentimiento de amor hacia otra. El impulso inicial es el de intentar acercarse a la persona por la que se ha despertado el sentimiento para manifestárselo. Esto sería actuar de acuerdo con lo que se siente. Sin embargo, puede ocurrir ahora que la mente analice el sentimiento de acuerdo con sus propios patrones, condicionados por toda la educación recibida, llena de prejuicios y prohibiciones, y genere una serie de pensamientos censurantes contra la manifestación del sentimiento. Ejemplo, puede sugerir inconvenientes que supuestamente van a afectar a que esa posible relación funcione (la diferencia de edad, de raza, de clase social, de religión, de creencia, de gustos y aficiones, etc), o puede alimentar el miedo al rechazo (“ella no siente lo mismo, te va a decir que no, vas a hacer el ridículo, o ¿qué va a pensar de ti?”). Si el pensamiento puede sobre el sentimiento y la persona se inhibe de hacer lo que siente a causa de lo que piensa, vivirá reprimida y se sentirá culpable de no hacer lo que siente. Si la persona se deja llevar por lo que siente pero no ha modificado completamente su pensamiento para adaptarlo a su sentimiento, entonces le vendrán momentos de duda en los que los pensamientos volverán y le harán sentirse culpable por haber hecho lo que siente y no lo que piensa.

Cuando la culpa se despierta a raíz del reconocimiento de una actitud egoísta, en vez de hundirse y deprimirse, lo que debe hacerse es actuar activamente para evitar que se produzca nuevamente, y para reparar en la medida de lo posible aquello que se hizo, empezando, por ejemplo, por pedir perdón a la persona a la que se hizo daño. Entonces el sentimiento de culpa desaparecerá.  En el caso en que se despierte cuando uno actúa por lo que piensa en contra de lo que siente, la culpabilidad se vence tomando conciencia de que uno no está actuando de acuerdo con sus sentimientos, y teniendo la valentía de empezar a hacerlo, vivir conforme lo que siente, rompiendo con  esquemas mentales represivos que impiden hacerlo. Necesita perseverancia, confianza en lo que siente, y firme voluntad de actuar de acuerdo con ello. Si sufre no es por lo que siente sino por lo que piensa. Por tanto, debe modificar el pensamiento, no el sentimiento. Si se ve atacada por aquellos que no comprenden lo que siente, debe entender que se trata de personas que están atrapadas todavía por la mente egoísta y prejuiciosa, al igual que lo estuvo ella en el pasado. Debe tener paciencia y comprensión con ellas, pero no dejarse arrastrar por su influencia.

El rencor es un odio atenuado a largo plazo, de efecto retardado, generalmente focalizado hacia alguna persona que creemos nos contrarió o nos hizo daño, a la que se considera culpable o responsable de nuestros males. El episodio o episodios que lo despertaron pueden haber ocurrido hace bastante tiempo. Pero la persona rencorosa guarda en su memoria dicho acto y lo utiliza para alimentar el impulso agresivo, esperando una ocasión para desquitarse, creyendo que de este modo conseguirá aliviar su malestar.

¿De dónde puede venir el rencor? De la insatisfacción de no haber vivido conforme uno siente, de no haber realizado algo que quería hacer, de no asimilar alguna circunstancia difícil que le ha tocado vivir, o por haberse dejado arrastrar por el (miedo, comodidad, falta de voluntad, incomprensión, dejadez, etc. Generalmente, el rencor se suele equivocadamente dirigir hacia personas han puesto obstáculos para realizar algo que uno quería hacer o contra aquellos a los cuales considera los responsables de la circunstancia difícil que le ha tocado vivir.  En vez de buscar culpables externos, intentemos tomar conciencia de dónde viene nuestro malestar interior y tengamos la valentía de modificar lo que no nos gusta de nuestra vida. Intentemos comprender que ciertas circunstancias negativas que parecen una fatalidad del destino son a veces pruebas elegidas por nosotros mismos para superarnos y para aumentar nuestra capacidad de amar incondicionalmente.

El odio es una agresividad muy intensa y duradera dirigida hacia otros seres. Es la egoemoción más primitiva y perniciosa que existe, el más dañino, el más alejado del amor. Es el sentimiento máximo de desunión, de rechazo hacia otros seres de la creación. El odio es propio de seres primitivos, menos avanzados, en el aprendizaje del amor. El que odia, llamémosle “odiante”, cree siempre que su odio está justificado, y que puede controlarlo, pero acabará cada vez odiando a más  y sembrando la desunión entre aquellos que estén a su alcance. Las personas que se dejan arrastrar por el odio pueden ser violentas, injustas, fanáticas, despiadadas y destruir. Ese odio acabará por destruirles, porque van acercando al espíritu cada vez más hacia la soledad, la desunión con los otros seres de la creación.

La ira o enfado, rabia e impotencia son estados activados por una circunstancia que pueden ser dirigidos tanto contra los demás como contra uno mismo, en el caso de la impotencia, con la circunstancia agravante de la frustración de sentirse imposibilitado para cambiar el curso de los acontecimientos. Las personas coléricas, irritables, a las que se les despierta la agresividad fácilmente suelen ser personas insatisfechas consigo mismas y con su vida,  no quieren profundizar en el motivo verdadero de su malestar, por lo que buscan culpables fuera de ellos mismos para autoconvencerse de que es lo exterior y no lo interior el motivo de su malestar.  Se despierta entonces el rencor. Cuando el sentimiento de agresividad y/o impotencia está dirigido hacia uno mismo estamos entrando en el terreno de la culpabilidad.  La acumulación de agresividad en uno mismo provoca grandes desequilibrios.

Comprendernos a nosotros mismos y a los demás, a las circunstancias a las que nos enfrentamos. Comprender que a veces nos enfadamos porque no queremos admitir que estamos equivocados, o no queremos reconocer ciertas actitudes egoístas en nosotros mismos. Comprender que muchas de las circunstancias adversas a las que nos enfrentamos no están ahí para fastidiarnos, sino para estimularnos en el aprendizaje del amor y la superación del egoísmo, y que muchas de ellas las elegimos nosotros mismos. Otras nos las hemos provocado nosotros por nuestra rigidez, intolerancia, envidia, falta de respeto e incomprensión de las necesidades u opiniones de los demás.

Identificación con la belleza física, con el cuerpo, con ser atractivo. Narcisismo

Cuando sobreviene la pérdida de la juventud, de la belleza física y del vigor sexual, y la persona pierde su atractivo o su cuerpo deja de responder a los deseos sexuales de la mente, se esfuma el cortejo de admiradores y también el principal “activo”de la vida de algunos hasta ese momento. Se encuentra con la cruda realidad, una vida superflua, cultivando relaciones de conveniencia y vacías, con personas que estaban con ella por su atractivo físico y que, una vez este se ha perdido, desaparecen como por arte de magia. Tal vez queden algunas personas que la quisieron de verdad, a pesar de su egoísmo, a las que seguramente prestó poca atención. En ausencia de lo que usó para satisfacer su vanidad, la belleza exterior, se enfrenta a una nueva etapa mucho más auténtica, en la que tendrá que esforzarse por sacar algo bello de su interior para conseguir atraer a alguien a su lado. Así también podrá apreciar la diferencia entre las relaciones de conveniencia y las de sentimientos, y aprenderá a valorar más estas últimas.

Hay muchas personas que se dejan atrapar por la obsesión por poseer un cuerpo perfecto, una manifestación de la vanidad llamada “narcisismo” o “culto al cuerpo”. Se trata de una más de las manifestaciones de la vanidad, en la que se exalta la belleza física propia como valor máximo al que uno puede aspirar. El inconformismo con el propio físico y la búsqueda del “cuerpo perfecto” se convierte en una obsesión, una enfermedad psicológica que hace cometer a la persona todo tipo de aberraciones, como dejar de comer, consumir todo tipo de substancias adelgazantes, vigorizantes, excitantes, etc., colocarse todo tipo de prótesis, poniendo incluso en riesgo su propia vida. La persona atrapada bajo el influjo del narcisismo no se conforma con su físico. Invierte energía, su voluntad y su dinero en modificarlo, creyendo que se trata de sí mismo, cuando en realidad no es más que un vestido que utiliza para operar en el mundo físico. Alberga la falsa ilusión de que llegará el día en el que alcanzará su cuerpo ideal y será feliz. Pero esta ilusión es sólo una trampa porque la felicidad no se consigue de ese modo. Sólo se consigue a través del progreso en el amor. Por ello, la insatisfacción crece más y más. Y mientras, el reloj biológico transcurre inexorablemente hacia la vejez, pareciendo que el proceso natural de envejecimiento va frustrando todas las conquistas realizadas con tanto esfuerzo. Y así pasa la vida y llega el momento de dejar definitivamente el que fuera un bello cuerpo físico, condenado inexorablemente al proceso de descomposición natural. Cuando el espíritu vuelve al mundo espiritual toma conciencia del tiempo y esfuerzo malgastado inútilmente en embellecer algo ajeno a uno mismo, un cuerpo que se corrompe, y de lo poco que ha dedicado a mejorar lo que perdura, lo que uno es, el espíritu.

¿Visto de ese modo, la belleza física es casi un obstáculo para el progreso del espíritu? La belleza física no es un atributo negativo en sí mismo. Pero sí puede ser un arma de doble filo en los mundos primitivos, en manos de espíritus poco avanzados. Para los espíritus poco avanzados, inmersos en la etapa de la vanidad, el atractivo físico es un arma para dar rienda suelta a toda su vanidad, y la utilizan con este fin. Saben que aunque se comporten como personas caprichosas, groseras, maleducadas, altivas, su belleza física les proporcionará lo que desean: admiradores, personas que estén a su disposición para complacerles. ¿Para qué esforzarse por ser buenas personas si consiguen lo que quieren con la deslumbrante belleza de su cuerpo?… Hasta que les sobreviene la vejez y entonces pierden el único atractivo que tenían y se hunden en su propia miseria moral, ya que jamás han luchado por mejorar su interior, tan ocupados como estaban en mantener su exterior bello y atractivo.

También hay narcisismo entre quienes crean una imagen de ser único, creativo,  distinto y quieren ser diferentes de los demás, a quienes consideran en su mayoría vulgares, y tienden a buscar intensidades y ambientes especiales. Fuerzan a veces lo distinto, y asocian su imagen a ser diferente a otros, lo que les lleva a veces a separarse. Tienden a vivir en bastante rechazo “anti”y aversión hacia la normalidad,  hacia la realidad, detrás del cual están las dificultades consigo mismos.

¿Cómo se vence el narcisismo? Cuando uno toma conciencia de que no es su cuerpo y que por tanto no debe tomarse tantas molestias por él. Que para ser feliz se debe dedicar a cultivarse a sí mismo, su interior. Muchos espíritus que han caído en la trampa de la belleza física lo saben. Por ello eligen cuerpos menos agraciados para las próximas encarnaciones, porque no quieren desperdiciar más vidas dedicadas a la autocontemplación de su cuerpo, sino que quieren vencer sus bloqueos, mejorarse como personas. Y si el tener un bello cuerpo les va a resultar motivo de tentación, prefieren no tenerlo, de momento. ¿Y un orgulloso no puede caer en “el culto al cuerpo”, no puede sentirse insatisfecho con su cuerpo y desear ser bello para resultar atractivo? Sí por motivos diferentes al vanidoso. El orgulloso va buscando más ser querido que ser el centro de admiración. Y erróneamente cree que siendo más bello será más querido. Si se trata de un orgulloso guapo, el chasco vendrá cuando descubra que las personas que están a su alrededor no están con él porque lo quieren, sino porque están enganchadas a su físico, o a algún otro atractivo que posee, y que cuando se aburran o encuentren alguna persona con un atractivo mayor, no dudarán en abandonarle.

¿Por qué nos identificamos tanto con nuestro cuerpo y tan poco con nuestro espíritu si en realidad somos lo segundo y no lo primero? Porque es lo que en vuestro mundo se piensa que el espíritu no existe y que uno es su cuerpo. En  vuestro mundo hedonista las cualidades que se aprecian son las de la materia (la belleza física, la riqueza, el poder) y se desprecian las cualidades del interior (la sensibilidad, la bondad, la humildad, el amor). En el mundo espiritual ocurre exactamente lo contrario: se aprecian todas las cualidades espirituales, y la humildad es una de las más valoradas, mientras que las externas, al no ser cualidades del espíritu, no tienen ningún valor. Se las considera accesorios circunstanciales, ya que varían de unas vidas a otras, como cambia el vestuario del actor, cuando cambia de obra de teatro. Uno puede ser guapo en una vida y feo en la siguiente, rico en una vida y pobre en la siguiente. (VG)

Tristeza, desesperanza, amargura, desesperación, resignación.

La tristeza es un estado emocional de abatimiento y decaimiento de la moral. Pasa con la tristeza que suele activarse por las mismas razones y circunstancias que la agresividad, pero cuando la persona es o está más sensible. Por ello es más difícil de detectar, porque resulta menos evidente que la tristeza pueda provenir del egoísmo. De hecho, los sentimientos de impotencia, culpabilidad y, en ocasiones, la rabia y la desesperación, son en realidad una mezcla de agresividad y tristeza. La tristeza puede aparecer cuando el ser desfallece, se desanima por no ver los resultados de su búsqueda, o por no ser estos resultados los que uno esperaba. Existen diversas variantes de la tristeza, cada una con sus peculiaridades. La amargura es una tristeza crónica, de larga duración, que no imposibilita realizar las tareas cotidianas de la vida, pero que está muy profundamente arraigada en el interior, es muy difícil de superar, y da la impresión de que la persona muere poco a poco de tristeza. Está muy relacionada con la desesperanza y la resignación, que son formas de tristeza caracterizadas por la falta de un motivo por el que luchar, por el que vivir, la segunda generalmente motivada por una circunstancia que la persona se resiste a asimilar. Un caso extremo de una tristeza aguda e intensa es la desesperación, que imposibilita a la persona realizar cualquier tarea normal de su vida y que la puede llevar a desequilibrarse psíquicamente y a cometer actos extremadamente perniciosos, como poner fin a su propia vida o a la de los demás.

La tristeza puede ser egoísta. Es muy normal que uno pueda sentirse triste de vez en cuando. Pero la tristeza puede ser una emoción egoica cuando se convierte en un estado habitual de la persona, es una forma de estancamiento, porque la persona tira la toalla. La tristeza le sirve de excusa para evitar el avance espiritual.

¿Acaso hacemos algo malo a alguien cuando estamos tristes? Cuando esa tristeza ya no corresponde por el tiempo o porque no hay motivos reales para ella, nos hacemos daño a nosotros mismos e indirectamente a los demás, cuando por tristeza nos desentendemos de hacer por los demás la parte que nos corresponde. Convivir con alguien que vive en la tristeza y la depresión es una circunstancia bastante desgastadora y, si no se tiene una gran fuerza de voluntad, es fácil que los que viven con alguien depresivo acaben contagiándose de ese estado de ánimo.

¿Cómo vencer la tristeza que no corresponde? La base de la superación de la tristeza es, por tanto, la comprensión. La comprensión de nosotros mismos, con los demás y con las circunstancias que nos han tocado vivir. Comprender que muchas de las circunstancias adversas a las que nos enfrentamos forman parte de un proceso de aprendizaje del amor, de superación del egoísmo, y que muchas de ellas las elegimos nosotros mismos antes de nacer. Y que otras nos las generamos nosotros mismos por falta de tolerancia, por rigidez e incomprensión hacia cómo son los demás. Debemos comprender que a veces nos ponemos tristes porque no queremos admitir que estamos equivocados, o no queremos reconocer ciertas actitudes egoístas en nosotros mismos. Si se activa porque alguien nos hace daño, intentemos comprender que se debe a la falta de evolución de ese espíritu, que todavía está escasamente avanzado en el conocimiento del amor. Si la tristeza se nos activa porque reprimimos nuestra forma de ser, porque anulamos nuestra voluntad, entonces busquemos expresarnos tal y conforme somos y conseguiremos superar la tristeza

Comprensión y resignación son cosas totalmente contrarias. El que se resigna es el que tira la toalla, el que renuncia a comprender, el que anula su voluntad. Ya nada le importa, pierde la ilusión por vivir, se deprime. La resignación es una forma de egoísmo relacionada con la tristeza . Es una manera de tratar de no sufrir pero de esa forma se sufre más, aunque por motivos distintos. La comprensión es la que te da la clave para seguir avanzado, manteniendo la ilusión y alegría por vivir, porque permite encontrar un sentido a aquello que antes no lo tenía.

¿Me puedes poner un ejemplo que ponga de manifiesto la diferencia entre resignación y comprensión?  La actitud frente a la muerte, por ejemplo. La actitud frente a la muerte de la mayoría de gente de vuestro mundo es de resignación, porque no buscáis comprender su significado. Durante la vida evitáis enfrentaros a ella, eludiendo buscar una respuesta a vuestras inquietudes. Si os topáis con alguien que quiere hablar en serio sobre el tema os parece que se trata de un charlatán o un desequilibrado mental. En realidad, os da miedo y por ello esquiváis el tema, tan ocupados como estáis en vuestro día a día. No buscáis comprender, sólo evitar. Entonces sobreviene la muerte de un ser querido y os sorprende. Es una situación que os provoca tristeza, amargura, rabia, impotencia. Finalmente, ante la imposibilidad de cambiar lo irremediable, os resignáis. El que se resigna es aquel que acepta algo porque no tiene otro remedio, pero al no comprender, vive amargado y sufre inútilmente. El que comprende que la muerte no existe, que es sólo una etapa de transición, en la que lo único que muere es un cuerpo, que su ser querido sigue viviendo, y que se va a volver a reunir tarde o temprano con él, ya no pierde la ilusión por la vida, sino que lucha con más fuerza para que cuando llegue el momento del reencuentro, lo haga en condiciones de disfrutar, porque no le ha quedado nada pendiente por hacer en el mundo material. En los mundos avanzados, la comprensión del proceso de la vida hace que nadie sienta tristeza, desesperación o amargura cuando alguien muere. Al contrario, sienten alegría de que un hermano vuelva al mundo espiritual, que es el auténtico hogar del espíritu.

¿Cómo podemos hacer para vencer los habitos, defectos y sus manifestaciones? Primero reconocimiento. El que ha sido alcohólico sabe que el primer paso para superar su adicción pasa por reconocer que es alcohólico. Del mismo modo, para vencer la vanidad, el orgullo o la soberbia, el primer paso es reconocer el propio egoísmo, a través de la identificación de sus manifestaciones en cada uno de nosotros. Para ello es necesario conocer detalladamente lo que es cada cosa y sus manifestaciones. Conocerse a uno mismo es vital. El propio ego nos lo hace ver difícil.

¿Por qué si nos es tan fácil ver los errores de los demás, nos cuesta tanto admitir los propios (vemos la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio)? Si comprendemos que estamos aquí para admitirnos como somos y, a partir de ahí, intentar mejorar, tenemos ya mucho ganado.

¿Y cómo podemos reconocer esa manifestación si la propia sombra o defecto se encarga de confundirnos?

Una táctica a seguir es analizar cierta actuación que ha sido nuestra como si hubiera sido hecha por otro, y nosotros hubiéramos sido los receptores. Es decir, cambiarnos por los demás. Y entones, observar. ¿Es un comportamiento justo, honesto? ¿o se ha actuado de forma egoísta? Si opinamos igual de cierto comportamiento cuando lo hacemos nosotros que cuando lo recibimos, estaremos cerca de la objetividad. Pero si disculpamos la misma acción cuando es hecha por nosotros y la condenamos cuando es hecha por otros, estamos siendo injustos, y estaremos dejándonos llevar por nuestro defecto. Por lo tanto, para reconocernos a nosotros en nuestro defecto debemos actuar con la misma objetividad que lo haríamos si el análisis lo hiciéramos de otra persona.

El segundo paso es la modificación de la actitud. El hecho de adquirir conciencia de nuestro pensamiento egoísta, no implica que vaya a dejar de aparecer. Es importante reconocerlo, admitir que se tiene, pero evitar actuar conforme él quiere, no dejarse arrastrar por él. Hay que decirse a uno mismo: “sé que puedo actuar  con egoísmo pero voy a hacer que no me condicione a la hora de actuar, voy a actuar desde el amor”. Con este cambio de actitud conseguiremos poco a poco modificar nuestro comportamiento, nuestras acciones, hacia nosotros mismos y hacia los demás. Porque la actitud egoísta daña tanto a uno mismo como a los demás. Porque nos impide sentir el amor, que es lo más maravilloso que se puede sentir, y que es lo que realmente nos puede hacer felices de verdad.

¿Me puedes dar algún consejo que sirva para ayudar a modificar las actitudes egoístas? A la hora de actuar, nos podemos ayudar de la siguiente reflexión:

¿qué es lo que yo esperaría de mí mismo si fuera a ser el receptor de dicha acción? ¿Cómo me gustaría que actuara otra persona en mi lugar respecto a mí? Esto nos ayudará a detectar nuestras actitudes negativas hacia los demás, imaginando que los demás somos nosotros mismos. Este razonamiento está basada la máxima “ama a tu prójimo como a ti mismo”. Requiere una disciplina y una voluntad de mejoramiento constante. Pero si se persevera, en poco tiempo comenzará uno a sentirse diferente, más en armonía interior, más feliz, y esto le servirá de estímulo para continuar avanzando.

 

Reforma del interior espiritual: El objetivo de esa reforma, el avance en el amor y la eliminación del egoísmo. Ver las fallas y cómo se manifiestan. Buscad un momento de tranquilidad al día para estar con vosotros mismos, para meditar sobre vuestras actitudes del día, sobre en qué medida habéis actuado por amor y en qué medida habéis actuado por egoísmo. Si detectáis actitudes egoístas en los demás, la comprensión de las mismas os hará encajarlas mejor y no despertar actitudes hostiles frente a ellos. Si las detectáis en vosotros y advertís que os habéis dejado llevar por ellas, también será bueno, porque habréis tomado conciencia de ellas. Poneos el firme propósito de que la próxima vez  intentaréis sentir y actuar con más amor y menos egoísmo. Así iréis avanzando poco a poco. Si sois perseverantes en vuestra reforma interior autoconsciente, llegará el día en que miraréis atrás y no os reconoceréis conforme erais, y tomaréis conciencia entonces del cambio tan enormemente positivo que habéis dado.

Cuando la gente saca a relucir los defectos de los demás suele hacerlo para criticar o burlarse. Cuando alguien tiene mala intención suele ser bastante injusto y transforma y exagera la realidad con el objetivo de conseguir echar por tierra a la persona objeto de la burla, sin tener ninguna consideración por ella. Actitud lamentable. Jesús les dijo:  “Veis la paja del ojo ajeno pero no la viga del propio”. Por eso mucha gente con buena voluntad cree que hablar de los defectos es algo malo.  La intención con la que analizamos aquí defectos no es criticar, ni burlarnos, ni condenar a nadie, sino que lo hacemos para que nos sirva para comprender cómo actúan, para mejorarnos a nosotros y para ayudar a los demás a hacer lo mismo. Aquí se trata de ver la realidad tal y como es, sin exagerarla, pero también sin encubrirla. Y la realidad es que la mayoría de la humanidad comparte los mismos defectos, cuya eliminación forma parte del proceso evolutivo.  ¿Cómo se puede modificar una conducta egoísta sin reconocerla primero?

Creía que lo que hay que hacer cuando alguien, movido por su egoísmo, te ataca, es perdonarlo. Sí, pero para perdonar es necesario comprender y para comprender es necesario profundizar en la causa que motivó el ataque, es decir, la manifestación egoísta que se activó en cada momento. Una persona que actúa sacando a relucir los defectos de los demás para criticarlos en público y burlarse, está actuando bajo el defecto de la envidia, que suele ser una manifestación de la vanidad. Si uno no comprende el proceso de evolución espiritual, y cómo se manifiesta ese egoísmo es difícil perdonar actitudes egoístas como la envidia, la burla, la crítica, la calumnia o mucho peores.

¿Es posible conocer cómo vamos, en qué etapa nos encontramos?

Sí, si te esfuerzas en conocerte a ti mismo y tienes un interés sincero en desarrollarte espiritualmente sabrás en qué punto estás y cuáles son las asignaturas espirituales de esta vida que debes afrontar. Aquí intentamos dar algunas indicaciones  para poder reconocerse uno mismo. Hacerlo solo, sin ayuda, es bastante difícil. Pero es que no estamos solos en ese camino. Como ya he dicho, cada uno tiene a sus guías que, si uno quiere, le ayudan a ver lo que es difícil de percibir por uno mismo. También hay personas que, por su capacidad del interior, pueden ayudarnos. Todo ello depende de la voluntad de uno mismo porque el que está muy atrapado por el egoísmo y no quiere avanzar, no se va a reconocer en sus defectos ni va a admitir que nadie le dé consejos. Por tanto, no va a escuchar ni la ayuda que se le presta ni la de los hermanos más avanzados. Lamentablemente, la mayoría de gente se encuentra en esa situación, lamentándose de que están ciegos y sordos, pero sin querer quitarse la venda de los ojos ni los tapones de los oídos, ni escuchar a los que les están diciendo “quítate la venda y los tapones, que no estás ciego ni sordo”, es decir, se quejan de su infelicidad pero no quieren renunciar al egoísmo, que es, fundamentalmente, lo que les impide ser felices, ni  están dispuestos a recibir la ayuda que necesitan para serlo. Pero es posible para quienes realmente estén dispuestos, busque ayuda y hagan algo al respecto con constancia.                                                                      (V.GUILLEM)

 

Ver artículo complementario del mismo autor:

Ley del Amor. Etapas, bloqueos y salidas.

 

 

 

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