Expectativas papales y vitales

Artículo en ARTICULOS JIF por publicado el 1 enero, 2012 0 Comentarios

Somos testigos contemporáneos del inicio del pontificado con un gran despliegue de medios de comunicación. A la ceremonia de inauguración asistieron numerosos mandatarios internacionales.  Con una cuidada puesta en escena el Vaticano se convirtió en centro de atención mundial. Nacían grandes esperanzas y expectativas para este ciclo.

Un nuevo Papa con expresiones más humildes y abiertas. Sus gestos y simpatía han sido bien acogidos. Un Papa sociable, popular. Pero además se necesita que sea eficiente y valiente para reformar lo necesario. Le definen como un Papa progresista en lo social pero tradicional en lo doctrinal. ¿Es posible compatibilizar ambas tendencias?

Si Jesús en persona fuera al Vaticano, es probable que hiciera grandes cambios, sin más límite que la verdad y el amor. Incluso cabe la posibilidad de que empezara de nuevo.

Se espera mucho de Francisco el Papa jesuita. Tiene dos grandes retos: uno reformar la Iglesia por dentro, que aún siendo santa no ha sido siempre ejemplar. Como tantas organizaciones grandes a veces pierden el norte en sus asuntos propios. Al igual que exigimos a los partidos políticos que prioricen el interés general sobre el partidista, en el caso de la Iglesia, esperaríamos que lo esencial prevaleciera  sobre los intereses de la organización. Pueden existir estructuras, pero han de ser suficientemente integras y coherentes, para servir realmente con autoridad moral. Lo contrario lleva a San Agustín: “Se aferran a su parecer, no por verdadero sino por suyo”. Religión y espiritualidad no son sinónimos, forma y fondo. Pueden existir independientemente. Por eso se dice que  “El hábito no hace al monje”.

El mayor reto para el Papa no es la necesaria reforma estructural o formal. La mayor oportunidad se encuentra en lograr una mayor apertura o visión en sus contenidos y expresiones, no sólo para adaptarse mejor a la nueva sociedad, sino para reconectar con la esencia espiritual que se encuentra más allá de tradiciones y ritos. La Iglesia ha perdido muchos miembros si contamos como tales a verdaderos practicantes, no a quienes por tradición o imagen asisten a los templos. Su extenso patrimonio inmobiliario está despoblado. Hay una endémica ausencia de vocaciones que cubran las plazas vacantes en monasterios o seminarios. Contrasta con la creciente demanda de esa espiritualidad alternativa, que ahora alquila monasterios u otras propiedades eclesiásticas para sus retiros, y que se expande globalmente, en coherencia con la diversidad existente.

Nos hallamos en un cruce de caminos. Una oportunidad de encuentro basado en lo esencial, en lo espiritual. Hacer realidad lo que ya dijera Juan XXIII “Es mucho más lo que nos une que lo que nos separa”. Las personas desean que sus políticos se unan para centrar la energía en encontrar soluciones, no en rivalidades o rigideces ideológicas. Sin duda lo divino celebraría que abandonemos cárceles mentales  o dogmáticas que nos separan sobre la espiritualidad y otros temas. Gran reto individual y colectivo. También para el Papa, muchos más responsable por su poder e influencia. Es en esto donde puede de verdad servir al mundo, más que en baños de multitudes o en combatir la moral. Que cada uno haga su parte. Que podamos vivir lo que somos: seres no ajenos o separados de Dios- parte del Todo al que pertenecemos por derecho propio.

José I. Fernández

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Sabiduría es saber distinguir entre lo que necesita demostración y lo que no lo necesita (Aristóteles)