Ley del amor. Etapas, bloqueos y salidas.

Artículo en Relaciones por publicado el 12 marzo, 2016 0 Comentarios

El amor puede definirse en su grado máximo como la capacidad de sentir a los demás como a uno mismo. 

Desarrollar la capacidad de amar es el objetivo más importante del proceso evolutivo. El amor es la fuerza armonizadora y dinamizadora del universo espiritual. Para amar es necesario sentirse a uno mismo, y para sentirse a uno mismo es necesario conocerse a uno mismo. Si quieres amar a los demás, aprende primero a amarte a ti mismo, a través de conocerte a ti mismo. El que no se quiere a sí mismo no puede querer a los demás. Para amar verdaderamente es tan importante conocerse a uno mismo. Conocerse implica saber distinguir entre lo que sentimos y lo que pensamos, reconocer entre lo que viene de nuestro sentimiento y lo que viene de nuestro egoísmo.  El amor en su máxima expresión ha de ser incondicional. El que ama verdaderamente no espera nada a cambio. No se puede forzar a nadie a amar.  El que aumenta su capacidad de amar disminuye su egoísmo y viceversa.

Aprender a amar es un proceso continuo que requiere muchísimo tiempo de evolución. siempre hay algo nuevo que aprender respecto al amor. El proceso es continuo, podríamos dividirlo en las siguientes etapas:

  1. Insensible como receptor y emisor de amor.
  2. Parcialmente sensible como receptor de amor -insensible como emisor de amor
  3. Sensible como receptor-parcialmente sensible como emisor (amor condicional)
  4. Altamente sensible como receptor-altamente sensible como emisor (amor condicional avanzado)
  5. Totalmente sensible como receptor-totalmente sensible como emisor (amor incondicional)

Podemos intentar clasificar en tres grandes grupos, según el nivel de eliminación de capas en el que están: Espíritu amable vanidoso, generoso-orgulloso y amoroso-soberbio. El primer adjetivo expresa la cualidad representativa a la que puede llegar el espíritu cuando se esfuerza por desarrollar el amor y el segundo, el grado de egoísmo en el que se encuentra. El vanidoso puede ser muy amable, el orgulloso muy generoso y el soberbio muy amoroso cuando está dispuesto a vencer su egoísmo y a luchar por los sentimientos. Pero no hay nada de negativo en admitir la existencia del egoísmo en cada uno de nosotros y definirla, para conocerla y poder superarla. Lo negativo para el espíritu sería no querer reconocer su existencia, no admitir la realidad de que todos tenemos una parte egoísta que debemos eliminar para poder amar verdaderamente y ser auténticamente felices. El no reconocerlo conduce al estancamiento espiritual, porque no se puede superar aquello que no se admite, al igual que no puede desintoxicarse un alcohólico que no admite que lo es.

Podemos distinguir, al menos, tres formas de egoísmo que son, desde la más grosera hasta la más sutil, vanidad, orgullo y soberbia. En el habla cotidiana utilizamos estas tres palabras frecuentemente pero, como veremos, su significado espiritual es mucho más extenso y profundo, y difiere en muchos aspectos del significado con el que comúnmente las empleamos. Entraremos a definirlas una por una y a analizar sus manifestaciones.

1) La vanidad es propia de los principiantes en el conocimiento de los sentimientos.  La principal característica del vanidoso es que está muy pendiente de satisfacer sus necesidades y deseos más primitivos, y escasa o nulamente preocupado de las necesidades de los demás seres, con lo cual se excede en la práctica de su libre albedrío, sin ser consciente de que en muchas ocasiones invade el libre albedrío de los demás. La persona vanidosa pretende que los demás se fijen en ella. Al conocer escasamente el amor, no distingue bien entre el amor verdadero y la complacencia. Necesita y desea más que ama. Por ello, en sus relaciones, se inclina más a buscar la admiración, el ser complacida y satisfecha en sus deseos, que a ser querida y querer.  El vanidoso establece comparaciones continuas entre sí mismo y los demás, intentando siempre aparecer por encima de ellos. Frecuentemente se burla de los que cree por debajo de él en aptitudes o en condiciones materiales, y alaba excesivamente a los que cree puede utilizar para obtener algo para sí mismo. Suele actuar injustamente, siempre favoreciendo sus intereses. Por ello frecuentemente falsea la realidad para disfrazar sus actos egoístas. A menudo se siente insatisfecho consigo mismo debido. Necesita mucho de otras personas, a las cuales suele intentar manipular y absorber para satisfacer, no sólo sus necesidades, sino sus gustos y caprichos, hasta el punto de someter psicológicamente a otras personas. Absorben y manipulan frecuentemente a los miembros de su familia más indefensos, como la pareja o los hijos.

Cuando no reciben la atención que creen merecer, buscan llamar la atención de los demás de cualquier forma y a cualquier precio, utilizando el victimismo, la agresividad, el chantaje, el engaño o cualquier otra forma de manipulación que encuentren.  Debido a la vibración tan negativa y asfixiante que pueden generar cuando su defecto se manifiesta en toda su plenitud, acaban por extenuar a las personas de su entorno, por lo que, si no conocen la vanidad y saben como manejarla, pocas son las personas capaces de aguantarlo durante mucho tiempo. Se cansan fácilmente de lo que cuesta esfuerzo. Cuando hacen algo por alguien, raramente es de forma desinteresada. Un vanidoso no pretende ser buena persona, sino sólo aparentarlo.

La toma de conciencia pasa por conocer en profundidad en qué consiste la vanidad, cómo se manifiesta en uno mismo y qué es lo que la alimenta. La vanidad se alimenta de la creencia de que para ser feliz lo importante es ser el centro de atención, que a uno lo admiren, lo halaguen y estén pendientes de él y le colmen de placeres, regalos y atenciones. La vanidad es como una aspiradora que atrapa todo lo que encuentra a su paso, reteniéndolo para sí misma, pero sin llegar a apreciar nada de lo que tiene.  El vanidoso se parece a aquel que siempre se calienta al fuego en la hoguera de los vecinos por no querer esforzarse por encender su propio fuego. Será siempre dependiente de los demás y no podrá hacer nada por sí mismo. Enciende tu propio fuego en ti mismo y no dependerás de nadie para calentarte. Ese fuego a nivel espiritual es la llama del amor, que reconforta y calienta al espíritu, le da fuerza para avanzar y ser auténticamente feliz.

El paso que debe dar el vanidoso es comprender que la felicidad no depende del exterior sino del interior. Esta es la gran lección que todos hemos de aprender: la felicidad verdadera no depende de que los demás te amen, sino de que tú ames. Por lo tanto, si quieres ser feliz, deja de buscar desesperadamente que los demás te amen y busca despertar tu propio sentimiento. Jamás conseguirás ser feliz a través de lograr la admiración, el cariño, el éxito, el reconocimiento de los demás. Si estás insatisfecho con tu vida, si te sientes solo y vacío, no busques fuera a los culpables de tu infelicidad, porque no están fuera, sino dentro de ti. No busques calentarte en el fuego de los demás porque nunca tendrás bastante. Enciende tu propia llama para que así no dependa tu estado de lo que hagan o dejen de hacer los demás por ti. Deja a un lado el egoísmo y ama, porque la única manera de llenar el vacío interior es amar incondicionalmente.

Esperamos, como sujetos pasivos, a que el amor venga de fuera. A que, por arte de magia, ese amor del exterior nos alcance y nos haga ser felices, sin que nosotros tengamos que hacer nada, como si de una droga se tratara. Pero, como digo, aun recibiendo todo lo que necesitamos, si permanecemos pasivos, si no hemos luchado por vencer nuestro egoísmo, llegará ese ser que nos ama para darnos todo lo que lleva dentro y diremos: “No es suficiente, todavía no soy feliz. Todavía necesito que me des más”. Y exigiremos más y más porque nunca será suficiente para llenar nuestro vacío interior. Y nunca apreciaremos lo que se nos ha dado, sino que sólo veremos aquello que todavía no hemos recibido.

Dentro de la vanidad existen diferentes grados. En una primera etapa de vanidad inicial se dan las manifestaciones más primitivas como la avaricia (no querer compartir con los demás lo que uno tiene), la codicia (querer poseer cada vez más aun perjudicando a otros), la envidia (rechazo por los que tienen algo material que uno codicia). 2) En una segunda etapa, cuando el espíritu avanza en el conocimiento de los sentimientos, este egoísmo materialista comienza a transformarse en egoísmo espiritual. En esta etapa el espíritu continúa aferrándose al egoísmo, pero al mismo tiempo ya ha comenzado a desarrollar el sentimiento. Aunque todavía es reacio a dar, es capaz de reconocer la presencia de amor y el bienestar que produce, y busca recibirlo. Es entonces cuando la avaricia se va transformando en apego (no querer compartir con los demás el cariño y el amor que uno recibe de determinadas personas) y la codicia, en absorbencia (querer que alguien o los demás estén pendiente de uno para darle cariño), mientras que la envidia toma un cariz más sutil y se transforma en aversión por los que tienen alguna virtud espiritual que uno no tiene pero que le gustaría tener. Al ser más sensibles, tienen un concepto de justicia más desarrollado, pero cuando el asunto les concierne a ellos, con frecuencia actúan injustamente favoreciéndose a sí mismos a sabiendas, por seguir aferrándose a su egoísmo, con lo cual son más responsables por ser más conscientes.

Generalmente un espíritu vanidoso es iniciado en el amor por un espíritu más avanzado, dador de amor, alguien cercano. Muchas veces el espíritu menos avanzado, acostumbrado a que los demás trabajen por él, no toma conciencia en ese momento de lo que se le está dando, y pide cada vez más y más… Hasta que lo pierde. Se despierta entonces una nostalgia por el amor perdido y un deseo de volver a experimentar lo que un día se tuvo, una toma de conciencia y un reconocimiento de que fue amado y no fue capaz de apreciarlo. Esta necesidad despierta los primeros sentimientos por la persona o personas que tanto le dieron, que perdurará.

Ahora una descripción  de los logros que ha alcanzado el espíritu que se ha desprendido bastante de la vanidad:

El concepto de justicia está más desarrollado. Es más consciente de lo que es verdadero y justo y de lo que es sólo apariencia. Ya no procuran favorecerse a sí mismos si para ello han de ser injustos, sino que en sus decisiones tienen en cuenta el perjuicio que pueden causar a los demás. No pretende que le complazcan, busca que le quieran y también querer auténticamente. La cualidad contraria a la vanidad es la modestia, porque no busca hacer las cosas para llamar la atención, sino por la satisfacción de ser justo y generoso. Entonces se hacen generosos con aquellos a quienes quieren. Por lo tanto, en las relaciones, ya no buscan ser el centro de atención. Prefieren una amistad auténtica a cien superficiales.

La rapidez del avance en la evolución depende del énfasis que ponga el espíritu en desprenderse de actitudes egoicas y desarrolle capacidad de amar. Vamos a tratar ahora después de la vanidad, la etapa del orgullo:

3) El principal problema del orgulloso es la dificultad en encajar la ingratitud, el egoísmo y la falta de amor de otras personas hacia él, sobre todo si ha establecido vínculos afectivos con ellas. Aunque el orgulloso es capaz de querer  a los que lo quieren, todavía demuestra dificultad en querer a los que no lo quieren. Por ello, el orgulloso se resiste a aceptar a las personas queridas conforme son, con sus virtudes, pero sobre todo con sus defectos. El orgulloso tiene gran dificultad en admitir que puede estar equivocado en sus concepciones. Le cuesta encajar el amor no correspondido, es decir, que haya personas que, por mucho que se las quiera, persistan en sus actitudes egoístas, sobre todo si se da en familiares allegados, como los padres, los hermanos, la pareja, los hijos, etc. Espera algún cambio de ellas a raíz de los esfuerzos que él mismo pone para que cambien, y se desespera, se deprime o encoleriza cuándo no lo consigue. Es capaz de dejarse absorber con tal de que le expresen un pequeño gesto de cariño. Pero cuando descubre que está siendo manipulado por determinadas personas, se encoleriza sobremanera, y se le puede despertar el rencor hacia ellas. Aunque aparentemente no busca recompensa en lo que hace, todavía encaja mal la ingratitud, es decir, cuando pone su mejor voluntad para ayudar a alguien y recibe palos a cambio.

Las manifestaciones del orgullo se desencadenan cuando sufre ingratitud o desamor. Frente a las contrariedades y las heridas en sus sentimientos reacciona encerrándose en sí mismo, aislándose de las relaciones. Se le despierta ira, la rabia, la impotencia, la testarudez, el miedo, la culpabilidad. Tiene tendencia a ocultar sus sentir, miedo a expresar lo que siente por temor a que le hieran en sus sentimientos más profundos. Por un lado, reprime los sentimientos negativos porque no quiere ser digno de lástima, ni que otra gente lo vea débil y aproveche su debilidad para hacerle daño. Por el otro, reprime los sentimientos positivos porque no quiere que a las personas vanidosas se les despierte la envidia e intenten perjudicarle. La tendencia a reprimir los sentimientos positivos les hace sentirse desgraciados. La tendencia a reprimirse y ocultar estados de ánimo negativos, a sufrir en silencio, puede hacerlo estallar de cólera, rabia e ira en momentos puntuales, de lo cual se siente culpable posteriormente. Son la desconfianza en los demás y el creerse autosuficiente para tratar cualquier problema, las actitudes que más le aíslan de los demás.

¿Cuál es la manifestación más dañina del orgullo? El llegar a creer que uno no es digno de recibir amor, de ser amado auténticamente, y que, por tanto, tampoco merece la pena amar. Esta es la actitud que más le hace aislarse en sí mismo, la que lo puede transformar en alguien reservado, apático, triste, melancólico, irascible y sin ganas de vivir.

El vanidoso no es capaz de apreciar cuando se le ama, el orgulloso no permite que se le ame. Así que por una razón o por otra el resultado es que por ello la persona, aunque esté siendo amada, no se siente amada. El vanidoso, porque más que de recibir sentimientos, está pendiente de que satisfagan su egoísmo. El orgulloso, porque al encerrarse en sí mismo para evitar que le hagan daño, se niega a recibir para sí mismo cualquier muestra de afecto. Puede ocurrir que ya desde niño haya tenido que hacer de todo para que se le preste un poco de atención y por ello se haya autoconvencido de que no hay nada mejor, de que no puede ser querido por alguien. Y ocurre que cuando llega alguien dispuesto a amarlo incondicionalmente, se asusta y se esconde en sí mismo. Lo rechaza porque no se lo puede creer. “No me puedo creer que alguien me quiera, que no quiera aprovecharse de mí. Seguro que hay alguna trampa. Seguro que si me abro para recibir, me darán la gran puñalada y sufriré todavía más. No merece la pena”. Y entonces, el orgulloso, aunque tiene lo que necesita para comenzar a ser feliz y es capaz de apreciarlo, lo rechaza. Entonces sufre por no querer sufrir, por no querer luchar por los sentimientos.

¿Y qué se puede hacer para vencer el orgullo? La toma de conciencia pasa por conocer en profundidad qué es el orgullo, cómo se manifiesta en uno mismo y qué es lo que lo alimenta. El orgullo se alimenta del miedo, la desconfianza, la autosuficiencia y se manifiesta como aislamiento y represión de la sensibilidad. El orgullo es para la sensibilidad del espíritu como una coraza que la envuelve, una fortaleza inexpugnable que la rodea y que impide la entrada y la salida de los sentimientos. Por lo tanto hay que echar abajo esa coraza. El paso inicial que tiene que dar el orgulloso para vencer su orgullo es liberarse de la creencia de que no es digno de ser amado, de que jamás encontrará a alguien que lo ame verdaderamente. El que busca el amor verdadero y correspondido lo encuentra tarde o temprano, porque los espíritus afines tienden a encontrarse. Pero hay que ser paciente y constante, porque el que cierra la puerta a cal y canto la cierra también para experimentar el amor. Está bien ser prudente pero no podemos renunciar a los sentimientos, ni devolver ingratitud con ingratitud, odio con odio, rencor con rencor, porque lo que nos hace sufrir a nosotros también hace sufrir a los demás. Y el que es más consciente del sufrimiento por tener más sensibilidad, es más responsable de crearlo que aquel que genera sufrimiento sin ser consciente. No están solos. Todos, absolutamente todos, todos son amados profundamente por lo divino, por multitud de seres espirituales y amigos, vuestra familia espiritual aquí y más allá. Y todavía más: cada uno de vosotros tiene un alma gemela, a través de la cual experimentaréis el despertar del amor puro e incondicional. Sólo hace falta que toméis conciencia de ello. Esto tendrá lugar en esta vida o más allá de esta.

Aprender a encajar mejor la ingratitud de aquellos que le hicieron daño, porque tiene capacidad de comprender a aquellos que no comprenden, y ha de comprender que una vez estuvo él también en la misma situación. Al mismo tiempo, ha de perder el miedo a ser él mismo. Ha de saber que no todo el mundo tiene la misma capacidad de amar y no debemos exigir a los allegados o quienes conviven con nosotros que nos quieran o nos respeten con la misma intensidad que nosotros les queremos o respetamos, sólo porque nos gustaría ser correspondidos.

¿Quién es más responsable de desamor, aquel que no ama porque no sabe (vanidoso), o aquel que, sabiendo amar, se inhibe de hacerlo por orgullo?  Es importante también que no se sobreesfuerze en complacer a los demás, si ello significa renunciar al propio libre albedrío, creyendo que de esta manera conseguirá despertar en los demás el sentimiento que todavía no se ha despertado, porque ese sobreesfuerzo sin recompensa le pasará factura más tarde en forma de decepción, tristeza, desengaño amargura e impotencia. Sé comprensivo con los demás, pero no te dejes llevar por lo que los demás esperan de ti, si no es lo que tú sientes. No te escudes en el daño para justificar tu desconfianza y tu aislamiento. Sé prudente pero abierto con los que van hacia ti de buena fe.

¿Y cómo ha de hacerse para no dejarse absorber y al mismo tiempo no hacer daño a los demás? 

Ver si el sufrimiento de la otra persona es debido a alguna actitud egoísta de nuestra parte, y/o si sufre por su propio egoísmo, por no querer respetar nuestro libre albedrío. Si es por una actitud egoíca nuestra, debemos trabajar para modificarla, pero si es por el egoísmo de la otra persona, será esta la que tenga que hacer un cambio para estar mejor, porque es ella misma la que se provoca el sufrimiento. Ha de saber que sufre por sí misma, aunque crea que es por lo que los demás le hacen.

¿Y cómo puedo distinguir si tengo un conflicto con una determinada persona, cuándo esa persona sufre por su propio egoísmo o por una actitud egoica mía?

Ponte en el lugar de la otra persona y analiza cómo te sentirías en su lugar y qué querrías tú en su situación. Si cambias tu decisión como receptor de una acción respecto a lo que tenías pensado hacer como emisor o ejecutor de esa misma acción, es que había algo de egoísmo e injusticia en tu actitud. Si mantienes la misma postura como receptor y como emisor, estás más cerca de ser justo. De todas maneras, usualmente suele ocurrir que hay una mezcla de todo, es decir, que hay actitudes egoícas en ambas partes, con lo que a cada uno le corresponde rectificar su parte. Al final todo se resume en la máxima “no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran ti”.

No hay que sobreesforzarse en complacer a los demás. Esto parece una contradicción porque ¿acaso cuando quieres a una persona no intentas complacerla en todo para que se sienta feliz? Es un gran error creer que a una persona se la quiere más cuanto más se la complace, y es la gran trampa en la que cae mucha gente bienintencionada.A una persona a la que se quiere hay que intentar ayudarla, comprenderla y respetarla, antes que complacerla. Es importante saber la diferencia entre complacer y ayudar, porque puede ocurrir que cuando complaces a alguien, en vez de ayudarle, le estés perjudicando, si lo que complaces es su actitud egoica. Y te perjudicas a ti mismo si cuando complaces sometes tu voluntad al egoísmo de otra persona y pierdes tu libertad.

¿Y cómo distinguir entre ayudar y complacer? Cuando una persona se carga sobre las espaldas las pruebas o circunstancias que le corresponde superar a otra, se le complace y no se le ayuda, ya que impides que se ponga a prueba en sus capacidades y contribuyes a su estancamiento espiritual. La auténtica ayuda consistiría en apoyar y alentar a la persona para que resuelva ella misma sus pruebas o circunstancias, y así pueda avanzar.

¿Me puedes poner un ejemplo que aclare la diferencia entre ayudar y complacer?

Sí. Imagina dos niños de la misma clase a los que el profesor manda deberes escolares para casa. Para ambos niños resultan un tedio los deberes porque prefieren pasar el tiempo jugando, e intentan eludirlos. Imagina que el padre del primer niño, decide realizarlos él mismo en lugar de su hijo, mientras este sigue jugando tranquilamente. El segundo padre opta por sentarse con su hijo y ayudarle a que sea el mismo niño el que los realice, aunque eso signifique que este deje sus juegos durante un rato. El primer padre es el que complace, porque realiza las tareas que el hijo considera tediosas, pero no ayuda, ya que los deberes de casa son una circunstancia que corresponde pasar a su hijo, y que es necesaria para su aprendizaje. Este padre está contribuyendo a que su hijo se vuelva perezoso, dependiente y caprichoso, y que para cualquier circunstancia busque que sean los demás los que le resuelvan sus problemas. El segundo padre no complace, porque se expone con su actitud a un posible ataque de cólera del hijo que no quiere interrumpir su juego, pero sí le ayuda, contribuye a que el niño aprenda y asuma sus responsabilidades.

Es erróneo complacer cuando lo haces a costa de perder tu libertad y/o contribuyes a que la otra persona se estanque espiritualmente, cuando le substituyes en pruebas que le corresponde a ella superar. 

 

¿Qué avances ha logrado el espíritu después de superar la etapa del orgullo?

El espíritu se siente más seguro y consciente de sus sentimientos, y de que debe vivir conforme siente para ser feliz. Tiene menos miedo a mostrarse como es. Por ello, es más abierto, más espontáneo, más libre, con menos barreras hacia los sentimientos. Encaja mejor la ingratitud. Es más comprensivo con los demás. Se le despierta menos el rencor y la rabia porque se sobreesfuerza menos en complacer, no permite que le esclavicen fácilmente. Espera menos a cambio del amor que da. Está más abierto a percibir el amor de los demás hacia él, y más abierto a dar el amor que lleva dentro a los demás. La afectan menos las circunstancias negativas y aprecia mejor y disfruta de las positivas.

Bueno, parece que estemos llegando al final del camino hacia el amor incondicional, ¿no?

Todavía no. Que el espíritu se haya liberado bastante de sus represiones, de sus miedos, que encaje mejor ciertas actitudes negativas, como la ingratitud, no significa que lo tenga completamente superado. El espíritu que ha superado el orgullo todavía ha de superar una forma de egoísmo más sutil, un orgullo avanzado: la soberbia.

4) En  la etapa de la soberbia se da la falta de humildad. Las dos asignaturas pendientes principales que le quedan al espíritu para superar en esta etapa son la falta de humildad y el apego, o dificultad en compartir el amor de los seres amados. El soberbio se cree muy seguro de sí mismo, que no necesita de los demás, que es autosuficiente para todo. Aunque suele estar dispuesto a ayudar a los demás, raramente pide ayuda para sí mismo, aunque realmente la necesite. Cree que pedir ayuda es síntoma de debilidad. Por ello se cubren ante los demás. Suelen ocultar sus necesidades, sus debilidades, sus bajadas de moral, para que nadie les note cómo están, para que nadie les diga, ¿te ocurre algo, necesitas ayuda? Y si alguien les nota algo les cuesta admitir que no son autosuficientes. Es decir, se les manifiesta la desconfianza, la ira y la arrogancia. Aunque el soberbio es menos susceptible que el orgulloso y se siente menos herido cuando se le trata con ingratitud, es calumniado o se siente engañado, también se le despierta la ira y la arrogancia en estas situaciones, así como en aquéllas que no puede solucionar conforme a sus planes.

Por ejemplo, cuando recibe el desprecio o la burla de alguien al cual está intentando comprender o ayudar, reacciona y puede dar contestaciones como “¿cómo te atreves?” o “¿quién te has creído que eres para hablarme así?”. Esta dificultad en encajar la ingratitud y la calumnia, por falta de humildad, le lleva a prejuzgar y a tratar de forma desigual a los demás. Si no es capaz de reconocer lo propio, la desconfianza se apoderará de él a la hora de atender a las personas que se le acerquen pidiéndole ayuda. Sus prejuicios le pueden llevar a sentir reparo frente a ciertas personas y a decidir no ayudarles en la medida de sus necesidades, sino en función de la desconfianza, el miedo o reparo que siente hacia ellas, no siendo justo y equitativo.

Aunque el soberbio se crea autosuficiente, la realidad es que necesita amar y también sentirse amado para ser feliz, como todo el mundo, aunque le cueste reconocerlo. Por ello, su fachada de autosuficiencia se desmorona cuando se siente inseguro en los sentimientos. Ese temor a perder el amor que creía seguro le hace sentir desconfianza, tristeza, desesperación e impotencia. Y esto le ocurre porque todavía sufre de apego, tiene dificultad en compartir el amor de los seres amados.

¿Acaso no nos ocurre a todos que tenemos miedo a perder el amor de los seres queridos? Si hubiera experimentado el amor incondicional ya no sufriría de apego, ni tendría temor porque el auténtico amor no se pierde jamás.

 ¿Y cómo se supera la etapa de la soberbia? Nuevamente amando, comprendiendo y evitando actuar conforme a la soberbia que disminuirá en la misma proporción en la que el espíritu desarrolle la humildad y el desapego, y ambas  se desarrollan con la práctica del amor al prójimo, a través de la ayuda sincera y desinteresada a los demás. Si por temor a sufrir decepciones y humillaciones, se inhibe de dar la ayuda que está capacitado para dar, se estancará. Pero si vence sus temores y sus prejuicios, y se deja llevar por lo que siente, avanzará.

 

EL MIEDO A LA SOLEDAD: hay tanta gente que tiene miedo a la soledad porque en realidad tienen miedo de enfrentarse a sí mismos, miedo de descubrir la verdad: “Estoy vacío”. Y por eso la gente huye de sí misma, refugiándose en objetivos materiales, mentales, o recurriendo a divertimentos que hiperestimulen la mente para así tener una excusa para no dar nunca con la verdadera respuesta. Que la mente hable mucho y acalle la voz del sentimiento. Pero es imposible acallar la voz de la conciencia siempre y en algún momento la mente se descuida, o se bloquea por algún acontecimiento imprevisto o traumático, y la voz del interior vuelve a clamar: “Estoy vacío. Estoy siendo una apariencia. He renunciado a ser yo mismo, un ser que quiere amar y necesita ser amado”.  Cuando se toma conciencia de la realidad puede ser doloroso, impactante. En ese momento muchos buscan la forma de justificar la actitud que tomaron respecto a sus necesidades afectivas, creyendo equivocadamente que si echan tierra sobre el asunto van a sufrir menos y todo volverá a la normalidad. “¡Qué mal me ha tratado la vida! ¡Con qué gente más mala me ha tocado vivir! ¡Ni mis padres me quisieron! Y la ira, el rencor, la desconfianza, la tristeza y la soledad les consumen por dentro. Y entonces la tuerca vuelve a dar un nuevo giro hacia el desamor.

Sufrir por evitar sentir es un sufrimiento interno que se provoca uno mismo y es un sufrimiento estéril, ya que no sirve para avanzar en el sentir y el amar. Todo lo contrario. Puede provocar mucho sufrimiento y dolor porque, imbuido uno en el dolor, se siente con justificación para causar dolor a los demás, o ni siquiera se para a pensar en el daño que puede estar haciendo, en vez de decir: “todo aquello que a mí me hicieron y que me hizo sufrir voy a evitar hacérselo a los demás. Todo el amor que no me dieron se lo voy a dar yo a mis allegados, a todo el que se presente en mi vida”. Y la vida de uno dará un vuelco, y se romperán los lazos del odio. La capacidad de amar es una cualidad innata del espíritu. Todos la tenemos. Sólo necesitamos descubrirla y desarrollarla. Confiad en que esto es así y será.

Amarse a uno mismo es reconocer las necesidades afectivas propias, los sentimientos, y desarrollarlos para que sean el motor de nuestra vida. La autoestima es necesaria para ser feliz. A lo que uno tiene que renunciar es al egoísmo, no al amor. Si uno no se quiere a sí mismo, ¿de dónde sacará la fuerza y la voluntad necesarias para amar a los demás? Vivir sin sentir es casi como estar muerto. Para amarse a uno mismo: reconoced las necesidades afectivas propias, los sentimientos, y permitid que afloren para que toméis conciencia de que existen. Es decir dejad de reprimirlos y pasad a desarrollarlos, para que sean el motivo de vuestra vida. Segundo, a la hora de actuar, hacedlo por lo que sintáis y no por lo que penséis, no por lo que os han enseñado que es correcto, si esto va en contra de lo que sentís. No permitáis que vuestros pensamientos, que están condicionados por multitud de razones, ahoguen vuestros sentimientos.  Comenzaréis a experimentar un poco de lo que es la auténtica felicidad, la felicidad del interior, que sólo da el amor. También así evolucionaréis espiritualmente. El camino se suavizará con amor.

¿Y qué hay que hacer para amar a los demás? ver a los demás como a vosotros mismos. Sed conscientes de que son hermanos, de la misma esencia y con las mismas necesidades del interior que vosotros. Todos tenemos las mismas capacidades y todos necesitamos amar y ser amados en completa libertad para ser felices. Todos sufrimos cuando se nos priva del amor y todos nos reconfortamos cuando se nos da.

¿Si a pesar de nuestra buena intención hacia los demás recibimos ingratitud, desprecio o burla a cambio?

Cuando alguien os haga daño comprended que es por falta de evolución en el amor y que esta circunstancia la hemos de aprovechar para mejorarnos a nosotros mismos, porque seguramente si despierta algo negativo en nosotros es porque ese algo negativo todavía está en nuestro interior y debemos trabajar en ello. Hasta que el amor no se dé de forma incondicional, no podemos considerar el trabajo concluido, y el que encaja mal la ingratitud todavía no ha llegado a la meta, ya que en cierta forma todavía espera algo a cambio de lo que da.

 

Qué difícil es eso, porque si yo decido cambiar pero los demás van a seguir igual, ¡cuántos golpes voy a recibir! No sé si merece la pena”.  Y yo pregunto ¿no es mejor que a uno le intenten dar golpes que uno pueda intentar esquivar, a que los golpes se los dé uno mismo? Porque la gente que vive en el desamor es la que se está golpeando a sí misma y la que impide que nadie se acerque para quererla.

Antes has remarcado la importancia de no reprimir los sentimientos, de que hay que expresarlos. Pero por otro lado hablas de la importancia de tener en cuenta las necesidades afectivas de los demás. ¿No ocurre que hay emociones como el odio, la rabia, la ira o el rencor que si los exteriorizamos pueden dañar a los demás? ¿Cómo pueden exteriorizarlas sin hacer daño a los demás al mismo tiempo? ¿No son ambas acciones contradictorias entre sí?

Hay que dejarse llevar por los sentimientos que nacen del amor. Los que nacen del egoísmo, o de la lucha entre el amor y el egoísmo. Hay que evitar dejarse llevar por ellos porque podemos hacer mucho daño a los demás. En cualquier caso, el reprimirlos no conduce a nada. Sólo a que nos hagan daño por dentro.           (Vicent Guillem)

Continua sobre las egoemociones que debemos conocer en :

 

 

 

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