Sobre la verdadera amistad

Artículo en DESTACADOS, Relaciones por publicado el 3 enero, 2016 0 Comentarios

La palabra ‘amigo’ – como la palabra ‘amor’ o ‘Dios’ – se ha vuelto casi sin sentido en estos días, vacía por el uso excesivo. Ha perdido su carácter sagrado, su belleza. La verdadera amistad no es un click en Facebook. No se trata de una alabanza ciega. No se trata de cómo te hacen ver los demás. No se trata de una mercancía. No es algo que decides hacer en tu día.

Es fácil decir “ahora somos amigos.” Suena bien, positivo, reconfortante. Y mucha gente obtiene su sentido de autoestima basándose en “cuántos” amigos tiene. O con qué frecuencia o “a menudo” te busca la gente. Porque vivimos en un mundo de cantidad, no de calidad. Estamos tan conectados, y sin embargo tan desconectados.

Sólo a través del tiempo puedes descubrir quiénes son tus verdaderos amigos. No lo sabrás hasta que ambos sean probados, una y otra vez. La verdadera amistad se forja en la hoguera de la experiencia. Es un viaje, no un destino.

Porque, ¿qué ocurre cuando el dolor y el malestar surgen?, porque sí que surgen. ¿Esconderán su dolor, su miedo, su ira, su tristeza mutuamente? ¿Se harán los desentendidos, se evitarán el uno al otro, o se distraerán? ¿O le pondrán atención a su dolor? ¿Lo harán propio? ¿Lo compartirán entre ambos?
¿Se seguirán conectando aunque sus corazones estén rotos y sensibles?

¿Podrían entrar ambos en el campo del amor, sin avergonzarse ni culpar al otro, sin juzgarse por sus pensamientos y sentimientos, sino mantenerse presentes, creando un cielo seguro, un santuario de amistad donde las energías más intensas puedan ser metabolizadas?

Y no tratar de componerse mutuamente. Ni desde la culpa tratar de borrar el dolor del otro. Ni tratar de ocultar sus sentimientos, por miedo a perderlo a decepcionarlo o disgustarlo. ¿Podrían escuchar sus puntos de vista, incluso cuando estén en total desacuerdo, honrar la forma en que estén procesando cada uno la realidad?
¿Serías capaz de apoyar a tu amigo, y al mismo tiempo sentir su amoroso apoyo, para que la amistad se sienta recíproca, balanceada, no co-dependiente o necesitada?

¿Cuando pierdes tu estatus, tu empleo, tu apariencia, tu salud; cuando tu éxito se convierte en fracaso; cuando las cosas no están yendo bien para ti, sigue tu amigo allí, para ti? ¿O de repente perdió el interés cuando tomaste un camino diferente, uno que no ‘aprobaba’?

¿Te quiere por lo que eres, no por lo que haces, o cómo lo haces ver a él, o por cuánto le das materialmente?

¿Es una conexión incondicional, forjada en los fuegos?

Entonces, y sólo entonces, sólo quizás, podrías comenzar a usar la palabra ‘amigo.’

Porque la amistad es sagrada, y excepcional, e infinitamente preciosa cuando la encuentras, a través de los años. (J.Foster)

 

Amistad es también estar separados sin que nada cambie

La amistad auténtica no necesita de una supervisión diaria para saber si hoy el afecto es sincero o ha decaído. No hay presiones ni obligación de tener que revelar cada pensamiento, cada vivencia en el mismo momento en que algo sucede.

Las amistades auténticas que se forjan en la magia de las casualidades, dejan espacio y ofrecen libertades. Porque el vínculo se alimenta con la confianza y con los sentimientos sinceros. Ésos mismos que nos dicen casi sin palabras, que “yo no te debo nada y te lo debo todo”, “que estoy aquí para ti siempre que lo necesites”.

Me gustan esas amistades que no saben de tiempo y espacio. Personas a las que la vida separa de tu lado por las razones que sean y que, al cabo de los meses o años, vuelven a ti con la misma complicidad, como si solo hubiera pasado una hora desde la última vez.

Es posible que a día de hoy aún conserves a ese amigo o amiga de la infancia. Esa persona con la que compartiste aventuras de colegio. O puede que a tu vida, haya llegado alguien nuevo en el momento más indicado.
Son relaciones íntimas que las mantienen los afectos íntegros, y en ocasiones, hasta un poco de esa magia inexplicable que albergan los corazones que conectan entre sí casi sin saber por qué. ¿Te ha pasado alguna vez?

A pesar del tiempo, a pesar de la distancia… Siempre me tendrás aquí

La vida, a veces, da más vueltas que la varilla de un reloj. Nunca sabemos qué rumbo van a tomar nuestros pasos. Ya sea por razones de trabajo, o por motivos personales al tener nuevas parejas, en ocasiones, nos vemos obligados a poner kilómetros entre nosotros y nuestras amistades.

La vida es movimiento, y solo los que se mueven pueden alcanzar con la punta de los dedos sus sueños. Ahora bien, en ocasiones, ello implica tener que renunciar a cosas: dejamos nuestro hogar, nuestras raíces y también esas amistades del alma. Seguro que a ti también te ha pasado alguna vez. Y es entonces, en esos instantes de cambios y crecimiento personal cuando descubrimos quiénes son las personas más significativas en nuestra vida.

Hay quien necesita de un contacto diario, de una interacción donde sus necesidades se vean saciadas. Valoran esa proximidad casi dependiente donde la interacción sea continua. Esta “fluencia” de interacción y contacto no siempre puede darse, en especial cuando nos vemos obligados a distanciarnos por razones profesionales o personales.
Es entonces cuando mayor riesgo existe de perder a muchos de esos amigos que dejamos en nuestros espacios de origen. Aparecen los reproches, el “es que ya no tienes tiempo para mi”, “es que apenas te conectas”, “es que ya no me lo cuentas todo como antes”. Hay amistades que se convierten casi como relaciones de pareja opresivas y tóxicas. Ocasionan presión y sufrimiento.
No, no siempre es fácil. Dejar ir a alguien requiere coraje. Porque dejar ir a alguien es desprenderte de una parte de ti.

En cambio, están esas otras personas que entienden y saben respetar. La atención y el cariño sigue estando ahí, su afecto es sincero, sabemos que están con nosotros pero no hay obligación de “monitorizar”. No hay necesidad de contacto continuo para comprender que a pesar de la distancia, siguen siendo parte de nosotros mismos.

Amistades efímeras, amistades de corazón de diamante

No debes preocuparte por haber dejado atrás a muchas personas. Es parte de nuestro proceso personal de crecimiento, porque crecer significa ir cargando al final con el menor peso posible en tu mente y el máximo en nuestro corazón.

Las amistades auténticas son pocas, pero brillan con el destello de los diamantes: son indestructibles y habitarán contigo cada día de tu vida para darte luz en los días oscuros, y armonía en los instantes de felicidad.

Hay amistades que vienen y van, como el viento tibio del verano. Nos traen sus experiencias, nos alegran y se desvanecen con la delicadeza de un breve perfume, dejándonos sus recuerdos.

Hay otras amistades que se tornan en experiencias difíciles. El mundo también nos salpica en ocasiones de egoísmos, de intereses personales. Ahora bien, algunas experiencias con amistades que en realidad nunca lo fueron, no deben desanimarnos ni hundir nuestras esperanzas. Las amistades del alma también.

La auténtica amistad se ofrece con libertad y sin compromisos. Y se cuida como un bien preciado, como un habitante más de tu alma que necesita reciprocidad, confianza y gratitud.

Si a día de hoy aún recuerdas a esa amistad que dejaste atrás debido a circunstancias que en ocasiones nos trae la vida, no dudes en volver a contactar con esa persona. Si el cariño siempre fue sincero, si esa intimidad fue tan mágica, gratificante que aún hoy la recuerdas con una sonrisa, no dudes en recuperarla.

Porque para las amistades auténticas no existe el tiempo ni la distancia.

Nadie se cruza en tu vida por azar.                                                                                                                 (Unknown)

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Sabiduría es saber distinguir entre lo que necesita demostración y lo que no lo necesita (Aristóteles)